lunes 12 de enero de 2009

Caras tristes


Las aceras de la plaza Manuel Sanchís Guarner de Valencia estaban atestadas esta madrugada de africanos y sudamericanos que esperaban la llegada de una furgoneta que los trasladase a su trabajo (seguro que mal remunerado) o, lo más probable, de un empresario que quizás los contratase en una obra o en el campo (hasta deslomarse y congelarse las falanges). Lo que estaba claro es que no estaban allí pasando frío por placer, sino porque les acuciaba la necesidad. Mientras subíamos luego por las calles Filipinas, Gibraltar y Alicante en dirección al metro de Xativa, en paralelo a las vías del tren, nos topamos con riadas de esos inmigrantes que bajaban hasta esa plaza, embozados para combatir el viento helado, con caras de sueño y, ante todo, tristes. Nosotros calientes y con maletas, ellos ateridos y con macuto.
La noche anterior vimos a muchos de ellos copando los asientos del único bar del barrio donde ofrecían el partido Osasuna-Barça (de tapas, malísimas, pero que llevan unos chinos: gastronomía española, propietarios orientales, clientes negros e indios), con los ojos como platos mientras observaban las correrías de ese tipo que cobra como un blanco pero corre como un negro.
Mientras el lumpen se dirigía al degüello laboral, compramos El País (qué pequeño burgueses somos, ay) y leemos el artículo de la sección semanal de Diego A. Manrique: se titula 'Canciones vengadoras' y es una especie de necrológica sobre un tipejo llamado William Devereux Zantzinger, un hijo de papá que saltó a la fama porque, allá en 1963, se lió a bastonazos y mató a la camarera negra Hattie Carrol, de 51 años, por no haberle atendido con diligencia cuando le pidió una copa. Como era hijo de un constructor, la muerte de aquella afroamericana se saldó con 500 dólares de multa y seis meses de cárcel. Lo lógico, claro, en esa época y país. Bob Dylan (ahí empieza la faceta como crítico de Manrique) dedicó a este asunto el tema 'The lonesome death of Hattie Carroll', más que nada para que el hijo del constructor no se fuera de rositas. El bardo hacía justicia.
Seguro que los africanos que vimos esta madrugada marchando como zombies por las calles de Valencia no se hubieran sentido más contentos (ni satisfechos, ni calientes) al saber que un capullo de la talla de William Devereux Zantzinger la ha palmado y que Dylan hizo justicia al marcarle para la posteridad con una canción que le delata como un ser despreciable (por haber matado a una negra que cobraba como negra y que fue asesinada como tal). Me temo que esas caras tristes, posiblemente de desesperanza (trabajarán como negros y cobrarán como negros, lo saben, he ahí su angustia), ya no tienen remedio.