Las aceras de la plaza Manuel Sanchís Guarnerde Valencia estaban atestadas esta madrugada de africanos y sudamericanos que esperaban la llegada de una furgoneta que los trasladase a su trabajo (seguro que mal remunerado) o, lo más probable, de un empresario que quizás los contratase en una obra o en el campo (hasta deslomarse y congelarse las falanges). Lo que estaba claro es que no estaban allí pasando frío por placer, sino porque les acuciaba la necesidad. Mientras subíamos luego por las calles Filipinas, Gibraltar y Alicante en dirección al metro de Xativa, en paralelo a las vías del tren, nos topamos con riadas de esos inmigrantes que bajaban hasta esa plaza, embozados para combatir el viento helado, con caras de sueño y, ante todo, tristes. Nosotros calientes y con maletas, ellos ateridos y con macuto. La noche anterior vimos a muchos de ellos copando los asientos del único bar del barrio donde ofrecían el partido Osasuna-Barça (de tapas, malísimas, pero que llevan unos chinos: gastronomía española, propietarios orientales, clientes negros e indios), con los ojos como platos mientras observaban las correrías de ese tipo que cobra como un blanco pero corre como un negro. Mientras el lumpen se dirigía al degüello laboral, compramos El País (qué pequeño burgueses somos, ay) y leemos el artículo de la sección semanal de Diego A. Manrique: se titula 'Canciones vengadoras' y es una especie de necrológica sobre un tipejo llamado William Devereux Zantzinger, un hijo de papá que saltó a la fama porque, allá en 1963, se lió a bastonazos y mató a la camarera negra Hattie Carrol, de 51 años, por no haberle atendido con diligencia cuando le pidió una copa. Como era hijo de un constructor, la muerte de aquella afroamericana se saldó con 500 dólares de multa y seis meses de cárcel. Lo lógico, claro, en esa época y país. Bob Dylan (ahí empieza la faceta como crítico de Manrique) dedicó a este asunto el tema 'The lonesome death of Hattie Carroll', más que nada para que el hijo del constructor no se fuera de rositas. El bardo hacía justicia. Seguro que los africanos que vimos esta madrugada marchando como zombies por las calles de Valencia no se hubieran sentido más contentos (ni satisfechos, ni calientes) al saber que un capullo de la talla de William Devereux Zantzinger la ha palmado y que Dylan hizo justicia al marcarle para la posteridad con una canción que le delata como un ser despreciable (por haber matado a una negra que cobraba como negra y que fue asesinada como tal). Me temo que esas caras tristes, posiblemente de desesperanza (trabajarán como negros y cobrarán como negros, lo saben, he ahí su angustia), ya no tienen remedio.
Las afirmaciones de una persona pueden ser mentira, pero su esencia queda al descubierto por el estilo de su lenguaje.
Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico. Victor Klemperer ('LTI') El pasado no es para mí. En el fondo de mi corazón soy un músico de jazz y los músicos de jazz no se repiten. Quincy Jones (entrevista en El País) El desastre ya había llegado y no se daban cuenta, pues el desastre es el propio pensamiento del desastre por venir que todo lo arruina mucho antes de consumarse Jonathan Littell ('Las benévolas')
¿Qué si quiero tener una página en Facebook? Déjame pensar. Preferiría que un tipo con manos muy frías me hiciese un examen de próstata en directo en televisión a tener una página de Facebook. George Clooney (El País) A los enamorados hay que defenderlos de los celosos y los despechados (Mario Benedetti 'Canciones del que no canta')
En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia Principio de Peter Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un «¡Ahhh!». Jack Kerouack ('En el camino') El año pasado me di cuenta de que en mi vida hay 10 ó 15 personas que son completos gilipollas Nacho Canut (EP3)
y aprende esto: que nadie puede nunca si no te dejas robarte la alegría Edu,La ciudad de sol La vida sería muy aburrida si día tras día tuviésemos que alzar los ojos hacia una monotonía sin nubes Gavin Pretor-Pinney
Empecé el año muriéndome de sueño a ver si acaba viviéndome de sueños Edu,La ciudad de sol
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Since the demolition of Cherkizovsky Market in Moscow this year, lots of
immigrant that have been working there lost their job...
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